miércoles, 29 de septiembre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010
NOTA APOLOGÉTICA Conjetura etimológica a propósito del artículo de Felipe Blaquier
"Ciegamente reclama duración el alma arbitraria
cuando la tiene asegurada en vidas ajenas,
cuando tú mismo eres el reflejo y la réplica
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra."
J.L. Borges, Inscripción en cualquier sepulcro
Hace ya varios días leí el artículo Borges y una delgada línea de Felipe Blaquier, y aún persiste en mí ese regusto de lo que provoca placer. Y me pregunto desde entonces, no sin malicia, por las razones de ese agrado pertinaz.
A riesgo de soslayar otras virtudes del texto postulo aquí una hipótesis: la pertinencia de las preguntas iniciales y la eficacia en las respuestas ofrendadas al lector.
Estas preguntas iniciales indagan sobre una cuestión medular: el rasgo distintivo del héroe, la sustancia de la que está hecha la heroicidad.
La tesis es arrojada rápidamente en una apropiada cita de Horacio, eco de Homero en el octavo libro de la Odisea. Allí Alcinoo, rey de los feacios, sentencia que las desgracias de los guerreros de Troya fueron urdidas por los dioses para dar que cantar a los hombres futuros.
El camino está entonces allanado. El héroe está hecho de memoria. O de palabras, que es decir lo mismo. El texto seguirá luego otros decursos más estimulantes; yo propongo hacer pie en este punto y girar sobre algunas disquisiciones ligeramente etimológicas que vinculan a la heroicidad con la palabra, en cualquiera de las formas que se hace presente.
Sócrates, quizá el pendenciero más hábil y célebre de la literatura universal, ensaya en el Cratilo una tendenciosa etimología de héroe, que deviene en una punzante, aunque no menos sutil, invectiva contra los sofistas.
Para Sócrates, el vocablo está poco alterado, por lo tanto su origen es bastante sencillo de obtener: sin rodeos afirma que significa “génesis del amor”. Ante el reclamo de su interlocutor Hermógenes por mayor claridad en la exposición, Sócrates continúa argumentando que los héroes son semidioses que nacieron del amor de un dios por un mortal, o al revés. Si se observa la lengua ática, prosigue, se notará que hḗroēs y érōs (amor) del cual nacieron, poco difieren. Sin embargo, lejos de detenerse en esta sencilla elucubración, Sócrates continúa el ardid etimológico y se apresta a envenenar la flecha para el ataque. Lo anterior, asevera, es lo que define a los héroes, pero también su sabiduría y su habilidad oratoria, su capacidad para preguntar (erōtãn), por lo cual, concluye diciendo, en la lengua ática quien recibe el nombre de héroe aparece como un eximio orador y hábil interrogador. “La raza heroica –asevera- es raza do oradores y sofistas.”
El efecto de la ironía platónica es inmediato. Nombrar a alguien de esta forma implica adjudicarle los más encumbrados valores de la cultura helénica a verdaderos tahúres de la palabra. El efecto paradojal se vuelve entonces notorio.
En este contexto, la palabra es instrumento vil para triunfos efímeros de héroes evanescentes. Por un lado el sofista, paradigma de lo ilusorio y perentorio; por otro el héroe, modelo de lo perenne.
De la impostura etimológica de Platón surge un desencuentro infortunado entre el héroe y la palabra. Sin embargo, es posible citar otra etimología, no menos conjetural, de la que se deriva un nuevo cruce, esta vez más afín a nuestro propósito.
Chantraine menciona sin entusiasmo un posible origen en la raíz indoeuropea *serṷ, de la que deriva el latín servare, proteger, rescatar, del que a su vez derivan por ejemplo los compuestos castellanos preservar, conservar.
Es indudable que el primer sentido que emerge es el del héroe protector, que por su carácter elevado asume la misión de preservar a un grupo humano, mantenerlo a salvo.
No obstante, es posible también pensar en el héroe como hombre, y su lucha por conjurar la muerte. La conducta heroica, plena de hazañas y hechos insignes, aparece desde esta perspectiva como subterfugio para trascender su efímera vida terrenal, toda vez que el hombre advierte desesperado este destino fatalmente fijado. Toda gestión heroica apunta a hacer indeleble el nombre en la memoria de los hombres que vendrán. Para lograrlo, ese nombre debe estar unido a hechos impares y excelsos, susceptibles de resistir la acción corrosiva del tiempo. De este modo, para imprimirse en relatos memorables, el héroe queda (como el poeta) sujeto a una acción creativa constante. Crear para conservarse.
Para el final vuelvo a Borges: “...Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo” (Historia de la eternidad).
Pablo Doratti
cuando la tiene asegurada en vidas ajenas,
cuando tú mismo eres el reflejo y la réplica
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra."
J.L. Borges, Inscripción en cualquier sepulcro
Hace ya varios días leí el artículo Borges y una delgada línea de Felipe Blaquier, y aún persiste en mí ese regusto de lo que provoca placer. Y me pregunto desde entonces, no sin malicia, por las razones de ese agrado pertinaz.
A riesgo de soslayar otras virtudes del texto postulo aquí una hipótesis: la pertinencia de las preguntas iniciales y la eficacia en las respuestas ofrendadas al lector.
Estas preguntas iniciales indagan sobre una cuestión medular: el rasgo distintivo del héroe, la sustancia de la que está hecha la heroicidad.
La tesis es arrojada rápidamente en una apropiada cita de Horacio, eco de Homero en el octavo libro de la Odisea. Allí Alcinoo, rey de los feacios, sentencia que las desgracias de los guerreros de Troya fueron urdidas por los dioses para dar que cantar a los hombres futuros.
El camino está entonces allanado. El héroe está hecho de memoria. O de palabras, que es decir lo mismo. El texto seguirá luego otros decursos más estimulantes; yo propongo hacer pie en este punto y girar sobre algunas disquisiciones ligeramente etimológicas que vinculan a la heroicidad con la palabra, en cualquiera de las formas que se hace presente.
Sócrates, quizá el pendenciero más hábil y célebre de la literatura universal, ensaya en el Cratilo una tendenciosa etimología de héroe, que deviene en una punzante, aunque no menos sutil, invectiva contra los sofistas.
Para Sócrates, el vocablo está poco alterado, por lo tanto su origen es bastante sencillo de obtener: sin rodeos afirma que significa “génesis del amor”. Ante el reclamo de su interlocutor Hermógenes por mayor claridad en la exposición, Sócrates continúa argumentando que los héroes son semidioses que nacieron del amor de un dios por un mortal, o al revés. Si se observa la lengua ática, prosigue, se notará que hḗroēs y érōs (amor) del cual nacieron, poco difieren. Sin embargo, lejos de detenerse en esta sencilla elucubración, Sócrates continúa el ardid etimológico y se apresta a envenenar la flecha para el ataque. Lo anterior, asevera, es lo que define a los héroes, pero también su sabiduría y su habilidad oratoria, su capacidad para preguntar (erōtãn), por lo cual, concluye diciendo, en la lengua ática quien recibe el nombre de héroe aparece como un eximio orador y hábil interrogador. “La raza heroica –asevera- es raza do oradores y sofistas.”
El efecto de la ironía platónica es inmediato. Nombrar a alguien de esta forma implica adjudicarle los más encumbrados valores de la cultura helénica a verdaderos tahúres de la palabra. El efecto paradojal se vuelve entonces notorio.
En este contexto, la palabra es instrumento vil para triunfos efímeros de héroes evanescentes. Por un lado el sofista, paradigma de lo ilusorio y perentorio; por otro el héroe, modelo de lo perenne.
De la impostura etimológica de Platón surge un desencuentro infortunado entre el héroe y la palabra. Sin embargo, es posible citar otra etimología, no menos conjetural, de la que se deriva un nuevo cruce, esta vez más afín a nuestro propósito.
Chantraine menciona sin entusiasmo un posible origen en la raíz indoeuropea *serṷ, de la que deriva el latín servare, proteger, rescatar, del que a su vez derivan por ejemplo los compuestos castellanos preservar, conservar.
Es indudable que el primer sentido que emerge es el del héroe protector, que por su carácter elevado asume la misión de preservar a un grupo humano, mantenerlo a salvo.
No obstante, es posible también pensar en el héroe como hombre, y su lucha por conjurar la muerte. La conducta heroica, plena de hazañas y hechos insignes, aparece desde esta perspectiva como subterfugio para trascender su efímera vida terrenal, toda vez que el hombre advierte desesperado este destino fatalmente fijado. Toda gestión heroica apunta a hacer indeleble el nombre en la memoria de los hombres que vendrán. Para lograrlo, ese nombre debe estar unido a hechos impares y excelsos, susceptibles de resistir la acción corrosiva del tiempo. De este modo, para imprimirse en relatos memorables, el héroe queda (como el poeta) sujeto a una acción creativa constante. Crear para conservarse.
Para el final vuelvo a Borges: “...Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo” (Historia de la eternidad).
Pablo Doratti
jueves, 2 de septiembre de 2010
El encantamiento del Fauno
Aguirre, la ira de dios (1972)Aguirre, der Zorn Gottes
Dirigida por Werner Herzog
Con Klaus Kinski, Ruy Guerra, Peter Berling y Helena Rojo.
Por Gonzalo Muñoz Agopián
¿Quién es el héroe, en la guerra o en la conquista? ¡Oh bodas lúdicas de Mallarmé, haced descansar al fauno de las ninfas! El sueño, en este caso, es de Werner Herzog. Y de Klaus Kinsky. ¿Quién es el héroe en la ira de dios? No los hay. O son todos. ¿Y el antihéroe? Ahí si lo sabemos con seguridad: somos todos nosotros. El indio, el conquistador, el sodomita, el sacerdote fascinado por la misma codicia caníbal de los antropófagos de la isla amazónica (“Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente” *). Éstos por necesidad, el otro, el conquistador de la colonia católica, el sacerote, el obispo, el enviado, por deseo, el deseo más firme de todos en estos casos, que formula toda la obra maestra: la codicia por la posibilidad infinita de tener. Y tener dinero, mujeres, comida, gula, ira, fornicación, lujo. El desmedro en nombre del desmedro. Ah, si, pero siempre encapsulado en una corona evangelizadora o ideal. Y los otros, los indios, los otros bastardos olvidados por dios desean lo mismo: ser príncipes de príncipes, la gloria de la gloria, siempre a mayor honra del hombre. Pero ¿quién es el héroe?. Tal vez el único egipcio erudito en las artes de leer los cielos de la verdad (si es que hay una) y de la Idea, que se erige en las alturas cultivando la manifestación de los más osadas formas y contenidos arquetípicos, desde donde nace todo: el sol, la luna y otra vez el sol y construye semblantes ideológicos que cultivan los valores y antivalores del hombre, es Aguirre. Él conquista, finalmente no por la conquista burguesa del placer prestado, él desea conquistar por gloria y honor, quizás los únicos valores más cercanos a la epopeya del filosofo. Aguirre, sí, Aguirre, la cólera misma de dios, es el verdadero héroe, pero enmascarado, formulado, exigido como antihéroe. El más sincero, el más crucial, el espontáneo, el genuino, el desdoblado de sí mismo, el que logró salir de sí y trascender, como trascienden los héroes, mediante el sacrificio de uno mismo por uno mismo. Y solo (en su ánimo de guerrero invencible) es el único que persiste de pie, en la canoa, en la balsa de palos malditos, ajenos, desconocidos, esperando la conquista de su sueño, el trofeo mismo: conquistar. He aquí el valor más elevado de la evolución humana: la conquista de lo desconocido, la comprensión de la oscuridad, iluminar lo negro, poseer el espacio, la madre germinal de los grandes avances de la raza humana. Ella y el amor, construyen, como la guerra y el orden, los ciclos que desde siempre han cultivado las profundidades más últimas del alma humana y las rosas más bellas del jardín del Edén perdido: la eterna libertad de disfrutar el placer y la posibilidad infinita de ser-sin-límites. La no-castración, el rey, el creador. Pero aquí, el antihéroe es el héroe y el sacrificio, hijo sagrado de la culpa divina, desea despertar. ¿Dejarán las ninfas dormir, esta vez, al fauno?
La espalda de Dios, el único rostro que se le conoce, es tan oscura como la luz que puede dar su figura. La ira de dios, no es sino también su máxima expresión de amor. Y, a pesar de las muertes, de los privados, de los quedados en el camino, de la niña, del traidor, de la fabulación falsa de creer en el orden preestablecido de una corona artificial, no se puede decir más que: no existen héroes buenos o malos, antihéroes positivos o antihéroes descarados, solo es héroe el que es capaz de desenvolvimiento humano.
Así y todo, la torre de babel sigue creciendo, para que tal vez algún día, alcance a poder vislumbrar frente a frente las narices de su dios. Pero para semejante ocasión, como afirma Carl Gustav Jung, el psiquiatra suizo, hace falta humildad. Y no hay mayor humildad que saberse un antihéroe. Y si aún así la crítica es pura y tiene sus razones de castigo, si aun así el hombre espurio es juzgado por su naturaleza completa, por lo que realmente es, la más bella de todas las bondades y la más cruel de todas las verdades, no os preocupéis, la magnolia seguirá creciendo.
* Oswald de Andrade. Revista de Antropofagia, año I, nro I. Mayo de 1928, San Pablo, Brasil. (Año 374 de la Deglución del Obispo Sardinha – Piratininga).
El templo de la magnolia

La magnolia sigue creciendo.
Y el hombre está desnudo.
Han nacido el héroe, Dios y el antihéroe.
Serán todos los hombres.
Y triste, en el refugio, el Fauno llora.
Y el hombre está desnudo.
Han nacido el héroe, Dios y el antihéroe.
Serán todos los hombres.
Y triste, en el refugio, el Fauno llora.
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