lunes, 24 de enero de 2011

Revoluciones por el placer

Gran parte de la tradición cultural de Occidente se construyó sobre lo que algunos dan a llamar la “cristiandad” (digamos, el cristianismo llevado a la política; es decir, al poder). No parece arriesgado pensar que una de las consecuencias de este proceso masivo fue la generación de un profundo sentimiento de culpa al experimentar el placer, especialmente aquel que emana del libre uso del cuerpo.

Por supuesto, los tiempos cambian y las revoluciones tienen mucho que ver con ello (como acertadamente indicara nuestra querida Nuria en un comentario a la entrada anterior). Entonces, que mejor que entregarse al placer y deleitarse con un par de obras cinematográficas que ilustran dos de esos movimientos que derribaron algunas barreras reaccionarias.

The Dreamers (2003) de Bernardo Bertolucci

París, Mayo del 1968. Un entusiasta del cine, su amigo y la hermana de éste conviven por un mes en un departamento. El relato del encantador intento de dejar atrás los valores de la sociedad burguesa. Por cierto, Eva Green se pasea como Dios (?) la trajo al mundo, un detalle no menor.



Woodstock (1970) de Michael Wadleigh

Sí, están varios de los mejores músicos masivos y populares del siglo pasado (en especial, el inmortal Jimi Hendrix). Pero lo que importa no está en el escenario sino en los cuerpos desnudos de miembros de la audiencia, enchastrados por el lodo, muchos de ellos verdaderos hippies, comprometidos por el amor libre (y otras hierbas).



Desconocemos la autoría de la foto que abre el post, que obtuvimos del blog del artista Roy Arden.

lunes, 17 de enero de 2011

PLACER





"Hoy lo que consuela no es el arrepentimiento, sino el placer. El arrepentimiento está enteramente anticuado."

Oscar Wilde, maestro del hedonismo.

lunes, 10 de enero de 2011

El fruto del placer

Para leer sobre el placer en el cine, conviene dar una mirada a las dos notas de Cine-en-rama del último número de Periplo; ellas aventuran acertados sofismas sobre la deshumanización del Casanova que imaginó Fellini y la crudeza dramática del amor a lo Mike Nichols. Pero eso no es suficiente: repasemos, a través de un caso ejemplar, cómo puede operar el placer en el cine.

En 1948, después de completar la brillante trilogía sobre la guerra (que empieza con Roma, Ciudad abierta de 1945), el casado director italiano Roberto Rossellini recibe estas líneas en una carta de la gran estrella del cine internacional (recordemos Casablanca de 1942) y también casada, Ingrid Bergman:
Ví sus films Ciudad abierta y Camarada, y los disfruté mucho. Si necesita una actriz sueca que hable inglés muy bien, que no haya olvidado su alemán, que no sea muy entendible en francés, y que en italiano sólo sepa decir "te amo", estoy lista para ir y hacer un film con usted.
¡Zzzzzzzzzzzzzzzzaaaaaaaaaaaaassssssss! Cupido todavía vivía en esa época, porque un flechazo cruzó kilometros y kilómetros, dando lugar a un celebrado y polémico affair que nos dejó (¡gracias valientes hedonistas!) un delicioso legado. Veamos tres perlas cinematográficas (y no tanto) a disfrutar de esa herencia:


Europa '51 (1952)

El despertar de la sensibilidad social, trascendiendo la conciencia social típica burguesa. Bergman, aún doblada, emociona. Rossellini sabe dónde y cómo poner el ojo. Imprescindible.


Viaggio in Italia (1954)


La pareja siguió trabajando en una de las películas mejor consideradas del director italiano.


Isabella Rossellini en Blue Velvet (1986)



Roberto e Ingrid no desperdiciaron su genética y dieron al mundo a la hermosa Isabella, que la rompió en una gran película de David Lynch.


Agradecemos, como hacen tantos internautas, la colaboración de Wikipedia para proporcionarnos la carta (la traducción del inglés es nuestra) y los videos del agobiante archivo de YouTube.

lunes, 3 de enero de 2011

Los hedonistas también lloran


A estas harturas de Hollywood, pocos son los que dudan la evidencia: que el mejor cine estadounidense se encuentra en la tele.

Si en tiempos pasados podíamos disfrutar de algunas series excepcionales (The Sopranos, The Wire) entre series interesantes, hoy en día es complicado empezar una serie que no merezca el calificativo de excepcional, cuanto menos, estimulante, crujientemente adictiva.

Cadenas míticas, como HBO o Showtime, han hallado la combinación de la caja fuerte del éxito de audiencia: La clave está en la búsqueda del placer por parte de los protagonistas, y en los obstáculos que esta acción conlleva en sociedades hipocri-moralistas, como la nuestra.

Para muestra, tres botones:

Desde 2005, una recién enviudada madre de tres hijos sigue luchando por mantener un estilo de vida medio-alto vendiendo hierba a sus vecinos carcas de Agreestic. Desde el primer capítulo, Weeds plantea la contradicción estrella que vertebra su trama: ¿Nos dejamos llevar por el placer a pesar de que nos condenen al ostracismo? ¿O bien renunciamos al hedonismo en favor de ser unos buenos vecinos? El comportamiento hedonista va en dirección contraria al moralista.
En Breaking Bad, de la AMC, el protagonista da un giro de ciento ochenta a su filosofía, cuando este se entera de que le quedan (quizá) dos meses de vida. ¿Adivinan hacia donde es el giro? Más hedonismo puro y duro. Y ello le traerá problemas, nacidos del enfrentamiento entre esa nueva filosofía y la comunidad mediocre en la que habita, incapaz de asumir semejante afirmación de libertad.
Una de la HBO, contextualizada, para más inri, en plena Ley seca, nos adentra en los entresijos de una sociedad que se debate entre lo correcto y lo placentero. Hablamos de Boardwalk Empire, bajo la supervisión de Scorsese y guión de Terence Winter (The Sopranos). Ahí es ná.

En las tres series, éxitos incontestables de crítica y público (cosa ardua en el cine hoy en día) hay un regustillo a filosofía hedonista, un resabio de mala vida, que no es más que el instinto primario (y si me permiten: secundario y terciario) de búsqueda de placer que todo individuo, en mayor o menor grado, practica, pero no predica.
En la era de la corrección política y la desbordante susceptibilidad moral, las series bogan por protagonistas románticos con devenires trágicos. La tragedia actual y a su vez sempiterna de anteponer, a las bravas, lo placentero a lo bienvisto. Es entonces cuando los hedonistas también lloran.