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miércoles, 6 de abril de 2011

martes, 29 de marzo de 2011

Ficciones: la autonomía de la obra

Sobre El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray, 2011) de Oliver Parker

Por Agopian

En las ficciones, en varias ocasiones, existe una puja constante entre el autor mismo y la obra. Mientras ambos intervienen transformándose en una alquimia dual, uno resiste y el otro, reprimido, encerrado, vive a la espera de ser liberado.

Existe también un Yo Observador ajeno que, circunspecto, mira con cierto recelo y a una distancia prudencial las formas de su creación. Vigila. Sospecha. Acompaña con una lógica misteriosa el proceso de una creación autónoma. Y allí ha de resistir. A la paranoia, a las angustias, a los deseos independientes de una obra ya creada y fuera de sí.

El Hedonismo Metafísico, principal protagonista de este film, nos enseña algo. La búsqueda incansable, infatigable, perpetua de ese plus de insaciabilidad, puede hacer frío hasta al témpano de fuego más caliente. Y allí, en su clímax más alto, en la punta del iceberg de los deseos, gira para darse vuelta y preguntarnos:

¿quién ha pecado?

¿tú o yo?

Y, por primera vez, la obra asume su valentía y con un honor desmesurado se defiende de su Creador:

“La mujer pez ha pecado”


La sospecha del vigía misterioso


martes, 15 de marzo de 2011

Las seis vidas de Dylan

Filmar la biografía de una persona "real" puede ser un asunto difícil. Porque la vida, con su eventos inconexos, azarosos y faltos de lógica, no entiende de aquellos dictámines aristotélicos que dan forma a un relato. Uno nace y muere. Sólo eso. Lo que sucede en el medio son demasiadas cosas.

Por eso cuando el director Todd Haynes quiso filmar una película sobre la vida de Bob Dylan se decidió a hacerlo de una forma poco convencional. Porque si bien Dylan no llega a tener las nueve vidas de los gatos, fácilmente tiene seis. O al menos eso piensa Haynes, que repartió el papel principal entre seis actores (¡entre ellos una actriz!) recreando no la vida de Dylan, sino la seis personajes que lo explican mejor que lo que un tradicional biopic podría hacer.

Sólo una de las maneras de cocinar buena ficción con reglas propias. Disfruten del trailer y anímense a ver I'm not there.

lunes, 28 de febrero de 2011

La decisión y la sombra: un camino oculto hacia la creación de la obra

Sobre La ventana secreta (Secret Window, 2004) de David Koepp.


Las ficciones son delirios reinantes de nuestra psiquis que logran encauzar una creatividad exprimida. Todo puja por salir. Son complejos, complejos creativos que asaltan y sentencian. Y todo esto, y aún más, vive en la mente del artista, del buscador, del creador nato, del conquistador insaciable de nuevos mundos posibles. Hay un espacio muy delicado entre la creación de la obra y la obra misma. ¿Cuándo decidimos escuchar ese rito primitivo de tambores, esa magia pulsional, que nos dicta qué escribir, qué pintar y qué realizar? Si este proceso creativo es guiado por los caminos de la conciencia y sus capacidades, la obra purifica. El problema surge cuando ya es demasiado tarde y todos aquellos hombres, hechiceros e intelectuales que habitan en nuestra mente pujan, no dicen, gritan, no declaran y así, conquistan el reino que alguna vez fue nuestro: la capacidad de nuestra decisión y el dominio de nuestra conciencia. Y el delirio, es entonces, una ficción que compromete la realidad.

Mort Rainey es allanado en el camino del delirio y de la duda. La paranoia es su sentencia. Pero al final, al comprender el delirio lúdico de su mente elije: Mi vida es la obra. Y hace así de su novela un hecho concreto de la vida real. Y los otros, los acompañantes de tal sigiloso encuentro entre el escritor y su obra, son los actores de un dios astuto que sentencia con diligencia todos los actos de los involucrados.
Luego pregunté a Ezequiel por qué comía estiércol y permaneció tumbado tanto tiempo sobre su lado derecho y su lado izquierdo. Contestó: el deseo de elevar a otros hombres hacia la percepción de lo infinito; esto lo practican las tribus de América del Norte, y ¿acaso es honrado quien se opone a su genio o conciencia por tan sólo la comodidad o gratificación del momento? *
En Mort Rainey, su escritor oculto, escribió en secreto la obra de su vida.


La decisión


“ …aquel hombre se debatía y sentenciaba con fiereza: la obra es mi vida.
Pero un fiel anunciador le dijo, secretamente a un oído: Tú vida es la obra.
Y de allí en más, la cruda decisión.”


* William Blake. Planchas 12-13 (The marriage of heaven & Hell; 1790-1792).

lunes, 24 de enero de 2011

Revoluciones por el placer

Gran parte de la tradición cultural de Occidente se construyó sobre lo que algunos dan a llamar la “cristiandad” (digamos, el cristianismo llevado a la política; es decir, al poder). No parece arriesgado pensar que una de las consecuencias de este proceso masivo fue la generación de un profundo sentimiento de culpa al experimentar el placer, especialmente aquel que emana del libre uso del cuerpo.

Por supuesto, los tiempos cambian y las revoluciones tienen mucho que ver con ello (como acertadamente indicara nuestra querida Nuria en un comentario a la entrada anterior). Entonces, que mejor que entregarse al placer y deleitarse con un par de obras cinematográficas que ilustran dos de esos movimientos que derribaron algunas barreras reaccionarias.

The Dreamers (2003) de Bernardo Bertolucci

París, Mayo del 1968. Un entusiasta del cine, su amigo y la hermana de éste conviven por un mes en un departamento. El relato del encantador intento de dejar atrás los valores de la sociedad burguesa. Por cierto, Eva Green se pasea como Dios (?) la trajo al mundo, un detalle no menor.



Woodstock (1970) de Michael Wadleigh

Sí, están varios de los mejores músicos masivos y populares del siglo pasado (en especial, el inmortal Jimi Hendrix). Pero lo que importa no está en el escenario sino en los cuerpos desnudos de miembros de la audiencia, enchastrados por el lodo, muchos de ellos verdaderos hippies, comprometidos por el amor libre (y otras hierbas).



Desconocemos la autoría de la foto que abre el post, que obtuvimos del blog del artista Roy Arden.

lunes, 10 de enero de 2011

El fruto del placer

Para leer sobre el placer en el cine, conviene dar una mirada a las dos notas de Cine-en-rama del último número de Periplo; ellas aventuran acertados sofismas sobre la deshumanización del Casanova que imaginó Fellini y la crudeza dramática del amor a lo Mike Nichols. Pero eso no es suficiente: repasemos, a través de un caso ejemplar, cómo puede operar el placer en el cine.

En 1948, después de completar la brillante trilogía sobre la guerra (que empieza con Roma, Ciudad abierta de 1945), el casado director italiano Roberto Rossellini recibe estas líneas en una carta de la gran estrella del cine internacional (recordemos Casablanca de 1942) y también casada, Ingrid Bergman:
Ví sus films Ciudad abierta y Camarada, y los disfruté mucho. Si necesita una actriz sueca que hable inglés muy bien, que no haya olvidado su alemán, que no sea muy entendible en francés, y que en italiano sólo sepa decir "te amo", estoy lista para ir y hacer un film con usted.
¡Zzzzzzzzzzzzzzzzaaaaaaaaaaaaassssssss! Cupido todavía vivía en esa época, porque un flechazo cruzó kilometros y kilómetros, dando lugar a un celebrado y polémico affair que nos dejó (¡gracias valientes hedonistas!) un delicioso legado. Veamos tres perlas cinematográficas (y no tanto) a disfrutar de esa herencia:


Europa '51 (1952)

El despertar de la sensibilidad social, trascendiendo la conciencia social típica burguesa. Bergman, aún doblada, emociona. Rossellini sabe dónde y cómo poner el ojo. Imprescindible.


Viaggio in Italia (1954)


La pareja siguió trabajando en una de las películas mejor consideradas del director italiano.


Isabella Rossellini en Blue Velvet (1986)



Roberto e Ingrid no desperdiciaron su genética y dieron al mundo a la hermosa Isabella, que la rompió en una gran película de David Lynch.


Agradecemos, como hacen tantos internautas, la colaboración de Wikipedia para proporcionarnos la carta (la traducción del inglés es nuestra) y los videos del agobiante archivo de YouTube.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El encantamiento del Fauno

Aguirre, la ira de dios (1972)
Aguirre, der Zorn Gottes
Dirigida por Werner Herzog
Con Klaus Kinski, Ruy Guerra, Peter Berling y Helena Rojo.

Por Gonzalo Muñoz Agopián

¿Quién es el héroe, en la guerra o en la conquista? ¡Oh bodas lúdicas de Mallarmé, haced descansar al fauno de las ninfas! El sueño, en este caso, es de Werner Herzog. Y de Klaus Kinsky. ¿Quién es el héroe en la ira de dios? No los hay. O son todos. ¿Y el antihéroe? Ahí si lo sabemos con seguridad: somos todos nosotros. El indio, el conquistador, el sodomita, el sacerdote fascinado por la misma codicia caníbal de los antropófagos de la isla amazónica (“Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente” *). Éstos por necesidad, el otro, el conquistador de la colonia católica, el sacerote, el obispo, el enviado, por deseo, el deseo más firme de todos en estos casos, que formula toda la obra maestra: la codicia por la posibilidad infinita de tener. Y tener dinero, mujeres, comida, gula, ira, fornicación, lujo. El desmedro en nombre del desmedro. Ah, si, pero siempre encapsulado en una corona evangelizadora o ideal. Y los otros, los indios, los otros bastardos olvidados por dios desean lo mismo: ser príncipes de príncipes, la gloria de la gloria, siempre a mayor honra del hombre. Pero ¿quién es el héroe?. Tal vez el único egipcio erudito en las artes de leer los cielos de la verdad (si es que hay una) y de la Idea, que se erige en las alturas cultivando la manifestación de los más osadas formas y contenidos arquetípicos, desde donde nace todo: el sol, la luna y otra vez el sol y construye semblantes ideológicos que cultivan los valores y antivalores del hombre, es Aguirre. Él conquista, finalmente no por la conquista burguesa del placer prestado, él desea conquistar por gloria y honor, quizás los únicos valores más cercanos a la epopeya del filosofo. Aguirre, sí, Aguirre, la cólera misma de dios, es el verdadero héroe, pero enmascarado, formulado, exigido como antihéroe. El más sincero, el más crucial, el espontáneo, el genuino, el desdoblado de sí mismo, el que logró salir de sí y trascender, como trascienden los héroes, mediante el sacrificio de uno mismo por uno mismo. Y solo (en su ánimo de guerrero invencible) es el único que persiste de pie, en la canoa, en la balsa de palos malditos, ajenos, desconocidos, esperando la conquista de su sueño, el trofeo mismo: conquistar. He aquí el valor más elevado de la evolución humana: la conquista de lo desconocido, la comprensión de la oscuridad, iluminar lo negro, poseer el espacio, la madre germinal de los grandes avances de la raza humana. Ella y el amor, construyen, como la guerra y el orden, los ciclos que desde siempre han cultivado las profundidades más últimas del alma humana y las rosas más bellas del jardín del Edén perdido: la eterna libertad de disfrutar el placer y la posibilidad infinita de ser-sin-límites. La no-castración, el rey, el creador. Pero aquí, el antihéroe es el héroe y el sacrificio, hijo sagrado de la culpa divina, desea despertar. ¿Dejarán las ninfas dormir, esta vez, al fauno?

La espalda de Dios, el único rostro que se le conoce, es tan oscura como la luz que puede dar su figura. La ira de dios, no es sino también su máxima expresión de amor. Y, a pesar de las muertes, de los privados, de los quedados en el camino, de la niña, del traidor, de la fabulación falsa de creer en el orden preestablecido de una corona artificial, no se puede decir más que: no existen héroes buenos o malos, antihéroes positivos o antihéroes descarados, solo es héroe el que es capaz de desenvolvimiento humano.

Así y todo, la torre de babel sigue creciendo, para que tal vez algún día, alcance a poder vislumbrar frente a frente las narices de su dios. Pero para semejante ocasión, como afirma Carl Gustav Jung, el psiquiatra suizo, hace falta humildad. Y no hay mayor humildad que saberse un antihéroe. Y si aún así la crítica es pura y tiene sus razones de castigo, si aun así el hombre espurio es juzgado por su naturaleza completa, por lo que realmente es, la más bella de todas las bondades y la más cruel de todas las verdades, no os preocupéis, la magnolia seguirá creciendo.

* Oswald de Andrade. Revista de Antropofagia, año I, nro I. Mayo de 1928, San Pablo, Brasil. (Año 374 de la Deglución del Obispo Sardinha – Piratininga).


El templo de la magnolia

La magnolia sigue creciendo.
Y el hombre está desnudo.

Han nacido el héroe, Dios y el antihéroe.
Serán todos los hombres.

Y triste, en el refugio, el Fauno llora.

martes, 24 de agosto de 2010

El primer superhéroe de todos

Superman (1978)
Calificación: * * * * (Imprescindible)
Dirigida por Richard Donner
Con Marlon Brando, Gene Hackman, Christopher Reeve, Ned Beatty, Jackie Cooper y Glenn Ford.

Por Joaquín Bilbao

Siendo Superman el primer superhéroe de la historia del cómic, cuya aparición en Action Comics #1 data de 1938, no sorprende que, cuarenta años después, también fuera el primero en hacer su presentación en la pantalla grande. You’ll believe a man can fly” se leía en los afiches previos al estreno del film, cuando muy poco se sabía sobre su producción. ¿Podía la película estar a la altura de uno de los mayores fenómenos culturales de Estados Unidos?

A más de treinta años del estreno de Superman, con otras cuatro películas sobre el último hombre de Krypton, y la inauguración de un nuevo género cinematográfico que dio películas como Batman: El caballero de la noche (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008), la respuesta es claramente afirmativa: su director, Richard Donner, superó todas las expectativas.

Marlon Brando es el padre kryptoniano de Superman.

Cuando Superman aparecía en la Fortaleza de la Soledad, una suerte de palacio natural de cristales, y despegaba del suelo para volar hacia el ojo de la cámara, los espectadores ya estaban entregados a la visión de Donner. Las primeras líneas de la película, “Esto no es ninguna fantasía, ningún producto de imaginación salvaje”, dichas por el gran Marlon Brando, dejaban de ser advertencia y se volvían realidad.

Más allá de los brillantes efectos especiales, la credibilidad de la película se basa acertadamente en la calidad de un elenco de excelentes actores. El seductor Brando se viste del padre kryptoniano de Superman, el querible Glenn Ford es el honesto granjero de Kansas que adopta al héroe cuando “cae” a la Tierra, y el versátil Gene Hackman divierte en una versión disparatada del villano Lex Luthor.

Christopher Reeve sonriente como el hombre de acero.

Claro que el mayor mérito de todos lo tiene el entonces desconocido Christopher Reeve, quien se convertiría en el perfecto Superman, rol del que nunca lograría despegarse. La calidez de su rostro, la entonación de sus palabras y la caracterización del cómico alter ego, Clark Kent, hicieron, junto a su carisma, que nadie pueda ya pensar en el hombre de acero sin imaginárselo a Reeve.

Por razones de espacio no me adentraré en la magnífica fotografía de Geoffrey Unsworth, el director de fotografía de 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), otro de los puntos altos del film. Tampoco diré demasiado sobre la música de John Williams, salvo que para los amantes de las bandas sonoras, es una cita obligada con una de las composiciones más reconocidas del siglo pasado.

La granja de la familia Kent, retratada por Geoffrey Unsworth.

Si bien la película exhibe cierta ingenuidad que las audiencias de hoy no parecen permitirse, se sostiene por su sensibilidad pop, trascendiendo su época y permaneciendo vigente.

Para los melancólicos, dejo la memorable escena en que Superman y Lois vuelan juntos por primera vez. Cultura pop en su máxima expresión. [Sólo es posible verla desde YouTube; hagan un click más y no se la pierdan.]

Por último, recomiendo la lectura de la nota "Bill, te equivocaste", escrita por Natalio Stecconi en el último número de nuestra revista. El celebrado monólogo de David Carradine sobre Superman al final de Kill Bill Vol. II (Quentin Tarantino, 2004) es cruzado con algunos pasajes de Umberto Eco y confesiones autobiográficas.