lunes, 3 de enero de 2011

Los hedonistas también lloran


A estas harturas de Hollywood, pocos son los que dudan la evidencia: que el mejor cine estadounidense se encuentra en la tele.

Si en tiempos pasados podíamos disfrutar de algunas series excepcionales (The Sopranos, The Wire) entre series interesantes, hoy en día es complicado empezar una serie que no merezca el calificativo de excepcional, cuanto menos, estimulante, crujientemente adictiva.

Cadenas míticas, como HBO o Showtime, han hallado la combinación de la caja fuerte del éxito de audiencia: La clave está en la búsqueda del placer por parte de los protagonistas, y en los obstáculos que esta acción conlleva en sociedades hipocri-moralistas, como la nuestra.

Para muestra, tres botones:

Desde 2005, una recién enviudada madre de tres hijos sigue luchando por mantener un estilo de vida medio-alto vendiendo hierba a sus vecinos carcas de Agreestic. Desde el primer capítulo, Weeds plantea la contradicción estrella que vertebra su trama: ¿Nos dejamos llevar por el placer a pesar de que nos condenen al ostracismo? ¿O bien renunciamos al hedonismo en favor de ser unos buenos vecinos? El comportamiento hedonista va en dirección contraria al moralista.
En Breaking Bad, de la AMC, el protagonista da un giro de ciento ochenta a su filosofía, cuando este se entera de que le quedan (quizá) dos meses de vida. ¿Adivinan hacia donde es el giro? Más hedonismo puro y duro. Y ello le traerá problemas, nacidos del enfrentamiento entre esa nueva filosofía y la comunidad mediocre en la que habita, incapaz de asumir semejante afirmación de libertad.
Una de la HBO, contextualizada, para más inri, en plena Ley seca, nos adentra en los entresijos de una sociedad que se debate entre lo correcto y lo placentero. Hablamos de Boardwalk Empire, bajo la supervisión de Scorsese y guión de Terence Winter (The Sopranos). Ahí es ná.

En las tres series, éxitos incontestables de crítica y público (cosa ardua en el cine hoy en día) hay un regustillo a filosofía hedonista, un resabio de mala vida, que no es más que el instinto primario (y si me permiten: secundario y terciario) de búsqueda de placer que todo individuo, en mayor o menor grado, practica, pero no predica.
En la era de la corrección política y la desbordante susceptibilidad moral, las series bogan por protagonistas románticos con devenires trágicos. La tragedia actual y a su vez sempiterna de anteponer, a las bravas, lo placentero a lo bienvisto. Es entonces cuando los hedonistas también lloran.

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