Para leer sobre el placer en el cine, conviene dar una mirada a las dos notas de Cine-en-rama del último número de Periplo; ellas aventuran acertados sofismas sobre la deshumanización del Casanova que imaginó Fellini y la crudeza dramática del amor a lo Mike Nichols. Pero eso no es suficiente: repasemos, a través de un caso ejemplar, cómo puede operar el placer en el cine.En 1948, después de completar la brillante trilogía sobre la guerra (que empieza con Roma, Ciudad abierta de 1945), el casado director italiano Roberto Rossellini recibe estas líneas en una carta de la gran estrella del cine internacional (recordemos Casablanca de 1942) y también casada, Ingrid Bergman:
Ví sus films Ciudad abierta y Camarada, y los disfruté mucho. Si necesita una actriz sueca que hable inglés muy bien, que no haya olvidado su alemán, que no sea muy entendible en francés, y que en italiano sólo sepa decir "te amo", estoy lista para ir y hacer un film con usted.
¡Zzzzzzzzzzzzzzzzaaaaaaaaaaaaassssssss! Cupido todavía vivía en esa época, porque un flechazo cruzó kilometros y kilómetros, dando lugar a un celebrado y polémico affair que nos dejó (¡gracias valientes hedonistas!) un delicioso legado. Veamos tres perlas cinematográficas (y no tanto) a disfrutar de esa herencia:
Europa '51 (1952)

El despertar de la sensibilidad social, trascendiendo la conciencia social típica burguesa. Bergman, aún doblada, emociona. Rossellini sabe dónde y cómo poner el ojo. Imprescindible.
Viaggio in Italia (1954)

La pareja siguió trabajando en una de las películas mejor consideradas del director italiano.
Isabella Rossellini en Blue Velvet (1986)
Roberto e Ingrid no desperdiciaron su genética y dieron al mundo a la hermosa Isabella, que la rompió en una gran película de David Lynch.
Agradecemos, como hacen tantos internautas, la colaboración de Wikipedia para proporcionarnos la carta (la traducción del inglés es nuestra) y los videos del agobiante archivo de YouTube.
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