La ficción es temiblemente capaz de dejar al descubierto nuestro lado ilícito. Lo sabe bien cualquier intérprete (quién no ha sido soprano un domingo en Broadway) cuando ante la asunción de un rol cualquiera, (o pastorcico de belén viviente...) se libera de su yo cotidiano. Ese yo que ha sido construido pieza a pieza, día a día, engranaje de reflexión profunda, sacrificio en pos de la conveniencia, esfuerzo de poner los pies en la tierra de la cordura.
Sin embargo en la ficción todo vale. Sueltas las amarras, no hay discurso sin locura, ni locura sin crimen.
Ocurre que en estos, los crímenes de locura, confluyen un trocito de nuestro real y un poquito de nuestro ficticio, justo para confundir la sentencia. Quién es víctima y quién verdugo se revela una ecuación inextricable. Es en esa lucha encarnizada donde la ficción nos permite el lado negro, nuestros más oscuros deseos, donde la dualidad se cobra la más digna de las batallas: entre la pulida pureza que nos representa y la ruindad volitiva que nos imprime.
Con permiso de vericuetos técnicos, esta pieza de ficción de Aronofsky te arroja obligadamente al espejo más impío, porque...¿Alguien piensa que acaso la blanca impostura sea más real que la oscura vileza?
BLACK SWAN (2010) Darren Aronofsky
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