En este fragmento de Una invitación al vuelo, el escritor uruguayo Eduardo Galeano nos habla de los sueños del mundo, de las utopías por las que todavía vale la pena luchar, reír y llorar.
"Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí que tenemos al menos el derecho a imaginar el que queremos que sea", advierte.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
lunes, 15 de noviembre de 2010
Sísifo en el Averno

El cuadro Franz von Stuck representa el mito de Sísifo condenado en el infierno a empujar una roca gigante cuesta arriba por una montaña. Sísifo, fundador de Corinto y célebre salteador de caminos, resistió el decreto de Zeus que lo condenaba al suplicio eterno en las profundidades del Hades. Allí recibió como castigo la tarea de empujar una enorme roca por la cuesta de una montaña hasta la cima y soltarla para que cayera sobre la otra ladera. Jamás ha podido completar la pena, pues cada vez que se aproxima a la cima, el peso de la roca vence sus brazos y lo obliga a comenzar nuevamente. (Odisea, xi. 593)
domingo, 7 de noviembre de 2010
Benjamin Zander, Música y pasión.
La música clásica, por algún falso proceso, ha cristalizado en una piedra rígida y de geometrías poco naturales. Se la considera, además, lejana y algo así como utópica. Un objeto omnipresente que está ahí en un pedestal y que sólo puede ser usada para el deleite de algunos pocos. ¡Mentira!
Lo que vienen a decir muchos músicos en la actualidad -sobre todo un empeño de la sociología- es que la música forma parte de las sociedades, de sus vínculos y de sus manifestaciones. Que, por ello, no hay una sóla música sino muchas músicas.
Esa distancia entre la música y el oyente, por ende, debe ser lapidada desde este momento.
Porque todos podemos tener buen oído. Todos podemos amar y volar con la música. Así, de hecho, lo enseña Benjamin Zander, un director de orquesta británico en esta conferencia...
Lo que vienen a decir muchos músicos en la actualidad -sobre todo un empeño de la sociología- es que la música forma parte de las sociedades, de sus vínculos y de sus manifestaciones. Que, por ello, no hay una sóla música sino muchas músicas.
Esa distancia entre la música y el oyente, por ende, debe ser lapidada desde este momento.
Porque todos podemos tener buen oído. Todos podemos amar y volar con la música. Así, de hecho, lo enseña Benjamin Zander, un director de orquesta británico en esta conferencia...
martes, 26 de octubre de 2010
viernes, 8 de octubre de 2010
Vargas Llosa gana Nobel de Literatura
Por Carlos Martínez-Rivera
Faltaban unos pocos segundos para que el reloj sueco marcara la 1:00 de la tarde del 7 de octubre. Antes de que llegara la puntualidad, el mundo supo de la boca del secretario de la Academia sueca, Peter Englund, que el escritor peruano Mario Vargas Llosa, de 74 años, ganó el codiciado Premio Nobel de Literatura. En ese instante el galardonado supo que la llamada que había recibido 14 minutos antes para adelantarle la noticia era verdadera y no una broma de mal gusto. Inmediatamente, los medios de comunicación y amistades se desbordaron en merecidos halagos hacia el narrador.
Muchos aseguraban que con la entrega de este premio se hacía justicia a uno de los máximos exponentes del Boom Latinoamericano. Justicia porque América Latina tuvo que esperar 20 años para que otro de sus hijos recibiera el Nobel de Literatura. El último en ser parte del selecto grupo fue el poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998).
Tal vez por humildad o para no aparentar ante los medios que es un engreído, Vargas Llosa, quien se encuentra en la Universidad de Princeton ofreciendo un curso sobre Jorge Luis Borges, afirmó que no se esperaba el premio.
“Hace muchos años que no pensaba para nada en el Premio Nobel. Además, mi nombre no se mencionaba para nada en el Premio Nobel en los últimos años así que no lo esperaba. Ha sido una sorpresa agradable, pero total”, dijo a una cadena radial.
En medio de la vorágine de adulaciones habían algunos indignados con que se le otorgara el premio, en parte, por sus ambivalentes posiciones políticas. En una época apoyó la Revolución Cubana de Fidel Castro, pero luego pasó a despreciarla. Debido a su actividad política ha sido muy criticado. En el 1990 trató de conseguir infructuosamente la presidencia del Perú por el partido centroderecha Frente Democrático. Aunque ganó en la primera vuelta, en la segunda perdió ante el líder populista Alberto Fujimori.
La política siempre estuvo presente en su vida, por lo que parte de su obra literaria se ha enfocado en este tema. Así lo atestigua su novela La fiesta del Chivo (2000) sobre el régimen sultanístico de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana. Igual, en su monumental Conversación en La Catedral (1969), en la cual se pregunta “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, se adentra en el ochenio dictatorial del general Manuel A. Odría. Recientemente, retomó la discusión sobre la democracia en su libro Sables y utopías: visiones de América Latina (2009).
Curiosamente, el Nobel no le pudo llegar en mejor momento porque en otoño publicará su próxima novela titulada El sueño del celta situada durante el régimen de Leopoldo II en el Congo Belga. ¿Casualidad?
Pese a sus ideales políticos, Vargas Llosa es un escritor que rompió con esquemas narrativos. Su estilo novelístico, que puede ser complicado para los novatos, es un logro para la literatura latinoamericana. En fin, con este galardón se laurea su vasto trabajo literario no su política.
Faltaban unos pocos segundos para que el reloj sueco marcara la 1:00 de la tarde del 7 de octubre. Antes de que llegara la puntualidad, el mundo supo de la boca del secretario de la Academia sueca, Peter Englund, que el escritor peruano Mario Vargas Llosa, de 74 años, ganó el codiciado Premio Nobel de Literatura. En ese instante el galardonado supo que la llamada que había recibido 14 minutos antes para adelantarle la noticia era verdadera y no una broma de mal gusto. Inmediatamente, los medios de comunicación y amistades se desbordaron en merecidos halagos hacia el narrador.
Muchos aseguraban que con la entrega de este premio se hacía justicia a uno de los máximos exponentes del Boom Latinoamericano. Justicia porque América Latina tuvo que esperar 20 años para que otro de sus hijos recibiera el Nobel de Literatura. El último en ser parte del selecto grupo fue el poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998).
Tal vez por humildad o para no aparentar ante los medios que es un engreído, Vargas Llosa, quien se encuentra en la Universidad de Princeton ofreciendo un curso sobre Jorge Luis Borges, afirmó que no se esperaba el premio.
“Hace muchos años que no pensaba para nada en el Premio Nobel. Además, mi nombre no se mencionaba para nada en el Premio Nobel en los últimos años así que no lo esperaba. Ha sido una sorpresa agradable, pero total”, dijo a una cadena radial.
En medio de la vorágine de adulaciones habían algunos indignados con que se le otorgara el premio, en parte, por sus ambivalentes posiciones políticas. En una época apoyó la Revolución Cubana de Fidel Castro, pero luego pasó a despreciarla. Debido a su actividad política ha sido muy criticado. En el 1990 trató de conseguir infructuosamente la presidencia del Perú por el partido centroderecha Frente Democrático. Aunque ganó en la primera vuelta, en la segunda perdió ante el líder populista Alberto Fujimori.
La política siempre estuvo presente en su vida, por lo que parte de su obra literaria se ha enfocado en este tema. Así lo atestigua su novela La fiesta del Chivo (2000) sobre el régimen sultanístico de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana. Igual, en su monumental Conversación en La Catedral (1969), en la cual se pregunta “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, se adentra en el ochenio dictatorial del general Manuel A. Odría. Recientemente, retomó la discusión sobre la democracia en su libro Sables y utopías: visiones de América Latina (2009).
Curiosamente, el Nobel no le pudo llegar en mejor momento porque en otoño publicará su próxima novela titulada El sueño del celta situada durante el régimen de Leopoldo II en el Congo Belga. ¿Casualidad?
Pese a sus ideales políticos, Vargas Llosa es un escritor que rompió con esquemas narrativos. Su estilo novelístico, que puede ser complicado para los novatos, es un logro para la literatura latinoamericana. En fin, con este galardón se laurea su vasto trabajo literario no su política.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010
NOTA APOLOGÉTICA Conjetura etimológica a propósito del artículo de Felipe Blaquier
"Ciegamente reclama duración el alma arbitraria
cuando la tiene asegurada en vidas ajenas,
cuando tú mismo eres el reflejo y la réplica
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra."
J.L. Borges, Inscripción en cualquier sepulcro
Hace ya varios días leí el artículo Borges y una delgada línea de Felipe Blaquier, y aún persiste en mí ese regusto de lo que provoca placer. Y me pregunto desde entonces, no sin malicia, por las razones de ese agrado pertinaz.
A riesgo de soslayar otras virtudes del texto postulo aquí una hipótesis: la pertinencia de las preguntas iniciales y la eficacia en las respuestas ofrendadas al lector.
Estas preguntas iniciales indagan sobre una cuestión medular: el rasgo distintivo del héroe, la sustancia de la que está hecha la heroicidad.
La tesis es arrojada rápidamente en una apropiada cita de Horacio, eco de Homero en el octavo libro de la Odisea. Allí Alcinoo, rey de los feacios, sentencia que las desgracias de los guerreros de Troya fueron urdidas por los dioses para dar que cantar a los hombres futuros.
El camino está entonces allanado. El héroe está hecho de memoria. O de palabras, que es decir lo mismo. El texto seguirá luego otros decursos más estimulantes; yo propongo hacer pie en este punto y girar sobre algunas disquisiciones ligeramente etimológicas que vinculan a la heroicidad con la palabra, en cualquiera de las formas que se hace presente.
Sócrates, quizá el pendenciero más hábil y célebre de la literatura universal, ensaya en el Cratilo una tendenciosa etimología de héroe, que deviene en una punzante, aunque no menos sutil, invectiva contra los sofistas.
Para Sócrates, el vocablo está poco alterado, por lo tanto su origen es bastante sencillo de obtener: sin rodeos afirma que significa “génesis del amor”. Ante el reclamo de su interlocutor Hermógenes por mayor claridad en la exposición, Sócrates continúa argumentando que los héroes son semidioses que nacieron del amor de un dios por un mortal, o al revés. Si se observa la lengua ática, prosigue, se notará que hḗroēs y érōs (amor) del cual nacieron, poco difieren. Sin embargo, lejos de detenerse en esta sencilla elucubración, Sócrates continúa el ardid etimológico y se apresta a envenenar la flecha para el ataque. Lo anterior, asevera, es lo que define a los héroes, pero también su sabiduría y su habilidad oratoria, su capacidad para preguntar (erōtãn), por lo cual, concluye diciendo, en la lengua ática quien recibe el nombre de héroe aparece como un eximio orador y hábil interrogador. “La raza heroica –asevera- es raza do oradores y sofistas.”
El efecto de la ironía platónica es inmediato. Nombrar a alguien de esta forma implica adjudicarle los más encumbrados valores de la cultura helénica a verdaderos tahúres de la palabra. El efecto paradojal se vuelve entonces notorio.
En este contexto, la palabra es instrumento vil para triunfos efímeros de héroes evanescentes. Por un lado el sofista, paradigma de lo ilusorio y perentorio; por otro el héroe, modelo de lo perenne.
De la impostura etimológica de Platón surge un desencuentro infortunado entre el héroe y la palabra. Sin embargo, es posible citar otra etimología, no menos conjetural, de la que se deriva un nuevo cruce, esta vez más afín a nuestro propósito.
Chantraine menciona sin entusiasmo un posible origen en la raíz indoeuropea *serṷ, de la que deriva el latín servare, proteger, rescatar, del que a su vez derivan por ejemplo los compuestos castellanos preservar, conservar.
Es indudable que el primer sentido que emerge es el del héroe protector, que por su carácter elevado asume la misión de preservar a un grupo humano, mantenerlo a salvo.
No obstante, es posible también pensar en el héroe como hombre, y su lucha por conjurar la muerte. La conducta heroica, plena de hazañas y hechos insignes, aparece desde esta perspectiva como subterfugio para trascender su efímera vida terrenal, toda vez que el hombre advierte desesperado este destino fatalmente fijado. Toda gestión heroica apunta a hacer indeleble el nombre en la memoria de los hombres que vendrán. Para lograrlo, ese nombre debe estar unido a hechos impares y excelsos, susceptibles de resistir la acción corrosiva del tiempo. De este modo, para imprimirse en relatos memorables, el héroe queda (como el poeta) sujeto a una acción creativa constante. Crear para conservarse.
Para el final vuelvo a Borges: “...Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo” (Historia de la eternidad).
Pablo Doratti
cuando la tiene asegurada en vidas ajenas,
cuando tú mismo eres el reflejo y la réplica
de quienes no alcanzaron tu tiempo
y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra."
J.L. Borges, Inscripción en cualquier sepulcro
Hace ya varios días leí el artículo Borges y una delgada línea de Felipe Blaquier, y aún persiste en mí ese regusto de lo que provoca placer. Y me pregunto desde entonces, no sin malicia, por las razones de ese agrado pertinaz.
A riesgo de soslayar otras virtudes del texto postulo aquí una hipótesis: la pertinencia de las preguntas iniciales y la eficacia en las respuestas ofrendadas al lector.
Estas preguntas iniciales indagan sobre una cuestión medular: el rasgo distintivo del héroe, la sustancia de la que está hecha la heroicidad.
La tesis es arrojada rápidamente en una apropiada cita de Horacio, eco de Homero en el octavo libro de la Odisea. Allí Alcinoo, rey de los feacios, sentencia que las desgracias de los guerreros de Troya fueron urdidas por los dioses para dar que cantar a los hombres futuros.
El camino está entonces allanado. El héroe está hecho de memoria. O de palabras, que es decir lo mismo. El texto seguirá luego otros decursos más estimulantes; yo propongo hacer pie en este punto y girar sobre algunas disquisiciones ligeramente etimológicas que vinculan a la heroicidad con la palabra, en cualquiera de las formas que se hace presente.
Sócrates, quizá el pendenciero más hábil y célebre de la literatura universal, ensaya en el Cratilo una tendenciosa etimología de héroe, que deviene en una punzante, aunque no menos sutil, invectiva contra los sofistas.
Para Sócrates, el vocablo está poco alterado, por lo tanto su origen es bastante sencillo de obtener: sin rodeos afirma que significa “génesis del amor”. Ante el reclamo de su interlocutor Hermógenes por mayor claridad en la exposición, Sócrates continúa argumentando que los héroes son semidioses que nacieron del amor de un dios por un mortal, o al revés. Si se observa la lengua ática, prosigue, se notará que hḗroēs y érōs (amor) del cual nacieron, poco difieren. Sin embargo, lejos de detenerse en esta sencilla elucubración, Sócrates continúa el ardid etimológico y se apresta a envenenar la flecha para el ataque. Lo anterior, asevera, es lo que define a los héroes, pero también su sabiduría y su habilidad oratoria, su capacidad para preguntar (erōtãn), por lo cual, concluye diciendo, en la lengua ática quien recibe el nombre de héroe aparece como un eximio orador y hábil interrogador. “La raza heroica –asevera- es raza do oradores y sofistas.”
El efecto de la ironía platónica es inmediato. Nombrar a alguien de esta forma implica adjudicarle los más encumbrados valores de la cultura helénica a verdaderos tahúres de la palabra. El efecto paradojal se vuelve entonces notorio.
En este contexto, la palabra es instrumento vil para triunfos efímeros de héroes evanescentes. Por un lado el sofista, paradigma de lo ilusorio y perentorio; por otro el héroe, modelo de lo perenne.
De la impostura etimológica de Platón surge un desencuentro infortunado entre el héroe y la palabra. Sin embargo, es posible citar otra etimología, no menos conjetural, de la que se deriva un nuevo cruce, esta vez más afín a nuestro propósito.
Chantraine menciona sin entusiasmo un posible origen en la raíz indoeuropea *serṷ, de la que deriva el latín servare, proteger, rescatar, del que a su vez derivan por ejemplo los compuestos castellanos preservar, conservar.
Es indudable que el primer sentido que emerge es el del héroe protector, que por su carácter elevado asume la misión de preservar a un grupo humano, mantenerlo a salvo.
No obstante, es posible también pensar en el héroe como hombre, y su lucha por conjurar la muerte. La conducta heroica, plena de hazañas y hechos insignes, aparece desde esta perspectiva como subterfugio para trascender su efímera vida terrenal, toda vez que el hombre advierte desesperado este destino fatalmente fijado. Toda gestión heroica apunta a hacer indeleble el nombre en la memoria de los hombres que vendrán. Para lograrlo, ese nombre debe estar unido a hechos impares y excelsos, susceptibles de resistir la acción corrosiva del tiempo. De este modo, para imprimirse en relatos memorables, el héroe queda (como el poeta) sujeto a una acción creativa constante. Crear para conservarse.
Para el final vuelvo a Borges: “...Por eso afirman que la conservación de este mundo es una perpetua creación y que los verbos conservar y crear, tan enemistados aquí, son sinónimos en el Cielo” (Historia de la eternidad).
Pablo Doratti
jueves, 2 de septiembre de 2010
El encantamiento del Fauno
Aguirre, la ira de dios (1972)Aguirre, der Zorn Gottes
Dirigida por Werner Herzog
Con Klaus Kinski, Ruy Guerra, Peter Berling y Helena Rojo.
Por Gonzalo Muñoz Agopián
¿Quién es el héroe, en la guerra o en la conquista? ¡Oh bodas lúdicas de Mallarmé, haced descansar al fauno de las ninfas! El sueño, en este caso, es de Werner Herzog. Y de Klaus Kinsky. ¿Quién es el héroe en la ira de dios? No los hay. O son todos. ¿Y el antihéroe? Ahí si lo sabemos con seguridad: somos todos nosotros. El indio, el conquistador, el sodomita, el sacerdote fascinado por la misma codicia caníbal de los antropófagos de la isla amazónica (“Sólo la antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente” *). Éstos por necesidad, el otro, el conquistador de la colonia católica, el sacerote, el obispo, el enviado, por deseo, el deseo más firme de todos en estos casos, que formula toda la obra maestra: la codicia por la posibilidad infinita de tener. Y tener dinero, mujeres, comida, gula, ira, fornicación, lujo. El desmedro en nombre del desmedro. Ah, si, pero siempre encapsulado en una corona evangelizadora o ideal. Y los otros, los indios, los otros bastardos olvidados por dios desean lo mismo: ser príncipes de príncipes, la gloria de la gloria, siempre a mayor honra del hombre. Pero ¿quién es el héroe?. Tal vez el único egipcio erudito en las artes de leer los cielos de la verdad (si es que hay una) y de la Idea, que se erige en las alturas cultivando la manifestación de los más osadas formas y contenidos arquetípicos, desde donde nace todo: el sol, la luna y otra vez el sol y construye semblantes ideológicos que cultivan los valores y antivalores del hombre, es Aguirre. Él conquista, finalmente no por la conquista burguesa del placer prestado, él desea conquistar por gloria y honor, quizás los únicos valores más cercanos a la epopeya del filosofo. Aguirre, sí, Aguirre, la cólera misma de dios, es el verdadero héroe, pero enmascarado, formulado, exigido como antihéroe. El más sincero, el más crucial, el espontáneo, el genuino, el desdoblado de sí mismo, el que logró salir de sí y trascender, como trascienden los héroes, mediante el sacrificio de uno mismo por uno mismo. Y solo (en su ánimo de guerrero invencible) es el único que persiste de pie, en la canoa, en la balsa de palos malditos, ajenos, desconocidos, esperando la conquista de su sueño, el trofeo mismo: conquistar. He aquí el valor más elevado de la evolución humana: la conquista de lo desconocido, la comprensión de la oscuridad, iluminar lo negro, poseer el espacio, la madre germinal de los grandes avances de la raza humana. Ella y el amor, construyen, como la guerra y el orden, los ciclos que desde siempre han cultivado las profundidades más últimas del alma humana y las rosas más bellas del jardín del Edén perdido: la eterna libertad de disfrutar el placer y la posibilidad infinita de ser-sin-límites. La no-castración, el rey, el creador. Pero aquí, el antihéroe es el héroe y el sacrificio, hijo sagrado de la culpa divina, desea despertar. ¿Dejarán las ninfas dormir, esta vez, al fauno?
La espalda de Dios, el único rostro que se le conoce, es tan oscura como la luz que puede dar su figura. La ira de dios, no es sino también su máxima expresión de amor. Y, a pesar de las muertes, de los privados, de los quedados en el camino, de la niña, del traidor, de la fabulación falsa de creer en el orden preestablecido de una corona artificial, no se puede decir más que: no existen héroes buenos o malos, antihéroes positivos o antihéroes descarados, solo es héroe el que es capaz de desenvolvimiento humano.
Así y todo, la torre de babel sigue creciendo, para que tal vez algún día, alcance a poder vislumbrar frente a frente las narices de su dios. Pero para semejante ocasión, como afirma Carl Gustav Jung, el psiquiatra suizo, hace falta humildad. Y no hay mayor humildad que saberse un antihéroe. Y si aún así la crítica es pura y tiene sus razones de castigo, si aun así el hombre espurio es juzgado por su naturaleza completa, por lo que realmente es, la más bella de todas las bondades y la más cruel de todas las verdades, no os preocupéis, la magnolia seguirá creciendo.
* Oswald de Andrade. Revista de Antropofagia, año I, nro I. Mayo de 1928, San Pablo, Brasil. (Año 374 de la Deglución del Obispo Sardinha – Piratininga).
El templo de la magnolia

La magnolia sigue creciendo.
Y el hombre está desnudo.
Han nacido el héroe, Dios y el antihéroe.
Serán todos los hombres.
Y triste, en el refugio, el Fauno llora.
Y el hombre está desnudo.
Han nacido el héroe, Dios y el antihéroe.
Serán todos los hombres.
Y triste, en el refugio, el Fauno llora.
martes, 24 de agosto de 2010
El primer superhéroe de todos
Superman (1978)Calificación: * * * * (Imprescindible)
Dirigida por Richard Donner
Con Marlon Brando, Gene Hackman, Christopher Reeve, Ned Beatty, Jackie Cooper y Glenn Ford.
Por Joaquín Bilbao
Siendo Superman el primer superhéroe de la historia del cómic, cuya aparición en Action Comics #1 data de 1938, no sorprende que, cuarenta años después, también fuera el primero en hacer su presentación en la pantalla grande. “You’ll believe a man can fly” se leía en los afiches previos al estreno del film, cuando muy poco se sabía sobre su producción. ¿Podía la película estar a la altura de uno de los mayores fenómenos culturales de Estados Unidos?
A más de treinta años del estreno de Superman, con otras cuatro películas sobre el último hombre de Krypton, y la inauguración de un nuevo género cinematográfico que dio películas como Batman: El caballero de la noche (The Dark Knight, Christopher Nolan, 2008), la respuesta es claramente afirmativa: su director, Richard Donner, superó todas las expectativas.
Cuando Superman aparecía en la Fortaleza de la Soledad, una suerte de palacio natural de cristales, y despegaba del suelo para volar hacia el ojo de la cámara, los espectadores ya estaban entregados a la visión de Donner. Las primeras líneas de la película, “Esto no es ninguna fantasía, ningún producto de imaginación salvaje”, dichas por el gran Marlon Brando, dejaban de ser advertencia y se volvían realidad.
Más allá de los brillantes efectos especiales, la credibilidad de la película se basa acertadamente en la calidad de un elenco de excelentes actores. El seductor Brando se viste del padre kryptoniano de Superman, el querible Glenn Ford es el honesto granjero de Kansas que adopta al héroe cuando “cae” a la Tierra, y el versátil Gene Hackman divierte en una versión disparatada del villano Lex Luthor.
Claro que el mayor mérito de todos lo tiene el entonces desconocido Christopher Reeve, quien se convertiría en el perfecto Superman, rol del que nunca lograría despegarse. La calidez de su rostro, la entonación de sus palabras y la caracterización del cómico alter ego, Clark Kent, hicieron, junto a su carisma, que nadie pueda ya pensar en el hombre de acero sin imaginárselo a Reeve.
Por razones de espacio no me adentraré en la magnífica fotografía de Geoffrey Unsworth, el director de fotografía de 2001: Odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968), otro de los puntos altos del film. Tampoco diré demasiado sobre la música de John Williams, salvo que para los amantes de las bandas sonoras, es una cita obligada con una de las composiciones más reconocidas del siglo pasado.
Si bien la película exhibe cierta ingenuidad que las audiencias de hoy no parecen permitirse, se sostiene por su sensibilidad pop, trascendiendo su época y permaneciendo vigente.
Para los melancólicos, dejo la memorable escena en que Superman y Lois vuelan juntos por primera vez. Cultura pop en su máxima expresión. [Sólo es posible verla desde YouTube; hagan un click más y no se la pierdan.]
Por último, recomiendo la lectura de la nota "Bill, te equivocaste", escrita por Natalio Stecconi en el último número de nuestra revista. El celebrado monólogo de David Carradine sobre Superman al final de Kill Bill Vol. II (Quentin Tarantino, 2004) es cruzado con algunos pasajes de Umberto Eco y confesiones autobiográficas.
lunes, 23 de agosto de 2010
Marat, el héroe muerto

Jean-Paul Marat fue apuñalado el 13 de julio de 1792 mientras escribía en su bañera. Una enfermedad cutánea le obligaba a permanecer postrado en una bañera, aliviando de esta manera sus fuertes dolores. Esta misma escena fue la elegida por Jacques-Louis David para representar al héroe y amigo, apenas unos meses después de su muerte.
Elimina todo poso de dramatismo para conseguir una idealización próxima a los héroes clásicos, pero también con un la esencia de la divinidad cristiana. Concentra toda la imagen en la parte inferior del cuadro, dejando un fondo neutro que ayuda a resaltar la figura del asesinado inundado por un foco de luz.
La inspiración en modelos como la Piedad Vaticana de Miguel Ángel o algún Santo Entierro de Caravaggio es bastante clara. Se observa muy bien en la posición del brazo, el ladeamiento de la cabeza y sobretodo la presencia del sudario tan propio de las ceremonias mortuorias clásicas. De esta manera, consigue aportar una atmósfera atemporal que ayuda a potenciar su imagen heroica. Idealiza su figura eliminando las erupciones cutáneas y la sangre de su herida en el pecho que probablemente hubiese inundado la bañera en la que se encontraba. Coloca una dedicatoria en la improvisada mesa junto a la bañera con un sencillo vocativo "A Marat", tan propio de las estelas o monumentos conmemorativos dedicados a los héroes, pero también encabezando los poemas elegíacos.
Exalta sus virtudes intelectuales frente a las bélicas con el sencillo recurso de contraponer la pluma y el papel en su mano, frente al cuchillo con el que fue asesinado tendido en el suelo. Sin embargo, David se olvidó de que con esa pluma Marat escribía largas listas de nombres de personas que debían ser ejecutadas por sus traiciones al Estado. Instrumento, el de la pluma, más propio para otros menesteras que para causar la muerte. Quizá por eso, el cuchillo quedó tan cerca de su mano...
miércoles, 18 de agosto de 2010
Los "Pop heroes" de Andy Warhol

Gold Marilyn Monroe, 1962.
Uno de los aspectos más conocidos en la obra de Andy Warhol es la retratística. Alejado de la tradicional idea de retratista, sus modelos nunca posaron para él, sino que se valía de imágenes extraídas con anterioridad en revistas o fotografías. Su mayor icono es la imagen seriada de Marilyn Monroe. Utilizaba este método demostrando que los grandes héroes contemporáneos no necesitan mil imágenes para causar admiración, sino que una misma imágen repetida hasta la saciedad conserva una fascinación imperecedera.
De su factoría salieron retratos de estrellas del celuloide, la música, las letras, la política o el arte, pero también de dibujos animados como Mickey Mouse o iconos como el Tío Sam.
Os dejamos algunos ejemplos:

Liz, 1963

Triple Elvis, 1963.

Jackie, 1964.

Marlon, 1966.

Mao, 1972.

Jean-Michel Basquiat, 1984.
Y por supuesto...

Andy, 1986.
martes, 10 de agosto de 2010
Maradona, ¿Héroe o antihéroe?

Diego Armando Maradona ya no es el director técnico del seleccionado argentino de Fútbol, pero su figura excede el tiempo y el espacio. En Periplo nos permitimos polemizar sobre él y nos preguntamos: ¿Es Maradona un héroe, un barrilete cósmico caído de otro planeta ó simplemente un villano camuflado de mito? O quizá, las dos cosas a la vez. Podés ingresar a www.revistaperiplo.com, leer los artículos "Maradona, el héroe infínito" y "Maradona, el héroe de papel" y sacar tus propias conclusiones. Tu opinión nos interesa, enriquece el debate. ¿Qué pensás? ¿Cuál de los dos es realmente Maradona?
lunes, 2 de agosto de 2010
Ca&ones con refresco, un acompañante para este viaje.
Esperamos que todos los héroes, desde sus diferentes secciones, hayan sido bien recibidos en vuestras casas. Que los hayáis leído y tratado como eso: una suerte de icono omnipresente e infinito, algo más que un punto en el cosmos y que, incluso, tienen sentimientos y saben hablar. Y los antihérores, desde otro lado, lo mismo. Es importante que no os hayan perturbado los sueños -en el caso de haber resultado pretenciosos- y que las molestias hayan sido mínimas. Aunque, quizás, en su misión "heroica" conste la de introducirse en vuestras almas de una forma instantánea y pasajera: que bien puede durar hasta que se geste el próximo periplo o toda una vida.
Con el fin de completar vuestras inquietudes, amigos viajeros, os proponemos algunos apoyos audiovisuales. Que, como si fuese el preferido de vuestros refrescos, os acompañará en este viaje.
- Podéis seguir "Los cañones, el héroe y el vaso de whisky" con este vídeo. Es la obertura 1812 de Tchaikovsky completa y presentada de una forma bastante impactante, tanto por su tratamiento visual, como por la escenografía (los metales en pie), y, finalmente, por los cañones que no tardarán en dispararse...
- La misma obra tratada musicalmente de una forma muy diferente. Ahora es la voz la que habla. Es la que imita y la que se deja hacer y hace.
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